
Apenas llegaba al metro de estatura. La verdad es que para sus seis años de vida era más pequeño de lo que debería, y el andar arrastrando una pierna tampoco ayudaba a que pareciera más alto. Según abrió los ojos huyó de la cama. Le hubiera encantado quedarse disfrutando del calor que, sabía, habría almacenado la mortaja que hacía las veces de manta, último y único “regalo” de su madre, pero el picor de las chinches se hacía insoportable.
Notó la tierra fría a través de los agujeros de sus polainas y rápidamente se calzó su última “adquisición” de la tienda del Sr. Mendoza. Unas relucientes botas cuatro números más grandes.
Pensó, mientras su pecho se hinchaba de orgullo, que había tenido una gran idea cuando se las llevó, bien mirado, le servirían para dos o tres temporadas más. Era un niño listo. Su madre se lo decía a menudo.
Se apartó un mechón rubio de la cara y miró alrededor con avidez. No encontró un solo mendrugo de pan con el que entretenerse, así que atravesó la estancia y salió, marcando un ritmo desacompasado al que sus oídos ya estaban acostumbrados.
El sol empezaba a saludar. Debía darse prisa si quería llegar antes de que despertaran, aunque seguro que todavía tenía un par de horas por delante. El día anterior habían estado muy nerviosas. Hacía tiempo que no las veía así y seguro que les había costado conciliar el sueño.
Se encaminó al río con la esperanza de tener más suerte que el día anterior, y poder sorprenderlas con un buen “banquete mañanero”. Su estomago gruñó largo y tendido, exigiendo algo de atención, y le acalló con la promesa de que compartiría con él sus triunfos.
De vuelta por el camino, silbando la canción que su madre les cantaba a su hermana y a él de pequeños, y contento por el peso que llevaba en su mano derecha, distinguió de lejos a la Señora Tisly, la maestra del pueblo, del brazo del reverendo. Ella se movía despacio, trasladando con gran esfuerzo sus carnes de una pierna a otra mientras resollaba como una cafetera. La imagen le hizo mucha gracia y todavía sonreía cuando se cruzó con ellos. La señora Tisly le miró con una mezcla de tristeza y condescendencia a partes iguales, y Pablo alcanzó a oír unas palabras entrecortadas dirigidas al reverendo: “…criatura,… madre ni…el señor… motivos…en fin”. Pasó de largo sin prestar atención. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse…
Cuando abrió la trampilla y sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de la fosa, la viva imagen de la desesperación, envuelta en una manta, famélica y con un brillo en los ojos por el que se iba abriendo camino la locura, se volvió hacia él. Pablo sonrió a su hermana de una forma abierta y sincera. Le había prometido a su madre que nunca, nunca, la dejaría sola, y le agradecía enormemente a su hermana que le ayudara a cumplir con su palabra….



10 comentarios:
Es estremecedor...duro pero muy lindo y fantasticamente escrito...
Todos en este mundo tenemos dos caras...no hay que olvidarlo...
realidad, ficción, locura, sensatez, amor, odio,... todas estas contradicciones anidan en nuestra alma, trabajo nuestro es saber manejarlas.
Un abrazo
Tremenda y eternecedora promesa.
Corazónes llenos de amor capaces de cumplrlas.
Genial relato.
Muchos besos
uno nunca puede estar del todo seguro de si es una víctima o verdugo
estremecedor
Estimada Nunu, maravilloso retrato de la miseria en toda su extensión y donde cada cual juega un papel, quizás no elegido pero si perfectamente interpretado.
Un beso de amistad, Who.
Sese, como la vida misma, tú lo has dicho....
Gala, gracias por pasarte...se os ha echado de menos...
Vittt, uno puede jugar varios papeles simultaneamente, pero nunca sin saberlo...
WHO, gracias por tus palabras...levantan ánimos...
nunu:
estremecedor relato¡
muy bien narrado.
son la contradicciones del alma humana
abrazos
Norma, en acasiones nuestra manera de amar es aterradora....
Tristez y condescendencia, con lo leído. Así, en ese orden.
Me ha encantado esta entrada a lo "pan duro", de Marea.
Volveré a leerte con más tranquilidad, menos alegría, más condesc...
Un abrazo.
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