Estaba sentada en el borde de la litera, esperando a que avisaran por megafonía para ir a comer cuando apareció en la puerta una cabecita perfectamente peinada, con una sonrisa de dientes inmaculados y una cofia coronándola como la guinda a un pastel: “Luca, cariño, el doctor Silvela te ha citado hoy justo después de comer”. Odiaba que la llamaran cariño y no pudo evitar arrugar el ceño: “está bien”, contestó.
La cabecita desapareció en cuanto sus correspondientes pies comenzaron a alejarse hacía la recepción.
En ese instante el altavoz chirrió, bostezó y anunció con un sonido metálico que daban comienzo los turnos de comida.
Luca estaba en el primero y tenía exactamente treinta minutos para llegar al comedor, engullir como un pavo, recoger y dejar paso al siguiente grupo. Salió de la habitación y anduvo el pasillo hasta el comedor. A medida que se iba acercando un olor repugnante hizo que volviera a arrugar el ceño por segunda vez esa mañana.
Marco, un enfermero cuarentón, con una evidente falta de neuronas en activo, era el encargado ese día de controlar el acceso al comedor: “Luca, donde está tu tarjeta”. Luca sacó la tarjeta del bolsillo del pantalón y se la mostró. “Cuélgatela, ya conoces las normas”.
Entró en el comedor y el mal olor se intensificó. Era apestoso y, por desgracia, familiar. La cocinera había preparado su famosa “olla verde”. Una mezcla de toda la verdura que había sobrado a lo largo de la semana, tanto si estaba en buen estado como si no, iba a la cazuela. Se le revolvió el estomago. Cogió una bandeja, un plato de sopa y una jarra de agua. Notaba la mirada de Marco en su cogote y sabía, por experiencia, que estaba esperando cualquier excusa para “enseñarle a comportarse como toda una señorita”. Eligió una mesa, se sentó y empezó a comer. Con un esfuerzo que la hizo hasta sudar, consiguió terminar. Agarró la bandeja, limpió la mesa y salió.
La boca le sabía a rayos y no le daba tiempo de pasar por su habitación a lavarse los dientes, asi que se resignó y se encaminó a su cita. Pensó que el doctor Silvela le había citado muy pronto. Hacía poco que habían tenido la última sesión de hipnosis, apenas una semana, y no era muy habitual citas tan seguidas. “Es nuevo, por eso se toma tantas molestias” pensó con una media sonrisa. Todos empezaban igual, con esa ilusión que crean los comienzos, los primeros pacientes, los primeros hallazgos, los primeros pasos a la recuperación.
Le caía bien el doctor Silvela, con sus gafas de pasta y su bata dos tallas más grande. Nunca se acercaba demasiado, la dejaba su espacio, y se mostraba muy comprensivo cuando ella no quería charlar. La respetaba. Y era más de lo que podía decir del resto de la plantilla médica con la que trataba.
Llegó a la puerta de la consulta y llamó. “Adelante, pase”. Abrió la puerta y entró. Se encontró al doctor sentado detrás de su escritorio, con las gafas medio caídas escribiendo en su libreta. “Hola Luca!, pasa, pasa, no te quedes en la puerta”. Se levantó y rodeó el escritorio para recibirla. “Hola doctor”. “Ya has comido?, seguro? Mira que alimentarse es importante” “Si, acabo de terminar”, “Bueno, entonces podemos empezar, te parece?” “Si, claro, cuando quiera. Hoy también me va a hipnotizar?” “Bueno, eso pretendo, creo que hemos avanzado bastante en las pocas sesiones que llevamos, no te parece?” “Si, claro, como usted diga”, “Muy bien, pues ya sabes como funciona, ponte cómoda”. Luca se dirigió al diván que el doctor tenía a la derecha de la habitación y se tumbó. “Empecemos” dijo el doctor con una sonrisa.
Le sabía la boca a rayos.
De regreso a su habitación notó que le costaba moverse. Le dolía la cabeza, la mandíbula y el cuerpo en general. El doctor le había dicho que había estado muy tensa durante toda la sesión.
Seguía teniendo un sabor asqueroso en la boca, lo notó incluso mas intenso, y además la notaba pastosa. Se apresuró para llegar a su habitación y coger la bolsa de aseo. Se dirigió al baño comunitario. Sacó su cepillo y empezó a enjuagarse.
Se miró en el espejo. No tenía buena cara. Estaba un poco pálida y despeinada.
Se fijó que tenía la camisa mal abrochada. Los botones no se correspondían con sus ojales. Llevaba así todo el día y no se había dado cuenta?. “Joder Luca, eres una inútil”. Entonces pensó en Marco, él tampoco se había percatado de ello en el comedor. Y eso era muy extraño porque Marco se fijaba en todo. Que suerte había tenido!!…..
Una película (El Astronauta, Javier Aguirre)
Hace 14 horas



4 comentarios:
Buena segunda parte, espero que sigas pronto no nos dejes así.
Un beso, Who.
Gracias WHO, he tenido un visitante sorpresa en el ordenador y me ha costado deshacerme de él, pero ya estoy de vuelta...Luca, ya sabes....ella va a su ritmo...
nadie con bata blanca debe de caerte bien. nunca.
Vittt, eso suele depender de lo que tengan debajo de...
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